Unidos Por Medio Oriente

Multitudes

El evangelista corrió la cortina de la habitación con vista a la ciudad y preguntó al joven:
– ¿Qué ves allá abajo?

El joven apresurado contestó:
– Veo calles, edificios, autos…
Pero, ¿qué más ves? – preguntó el evangelista.
También hay personas, muchas personas. No veo nada más.

El evangelista le respondió:
–  No son solo personas, son almas; almas que en su mayoría están perdidas, almas que debemos amar e ir a buscar.

Y la pregunta que cabe es: ¿Qué vemos nosotros cuando los niños juegan en las calles o los jóvenes platican en las plazas? ¿Qué vemos cuando un desconocido nos pide ayuda? ¿Vemos almas o vemos solo personas?

Multitudes de almas han sido y serán siempre la meta de Jesús. Lejos de referirse a gloria, algarabía, aplausos o reconocimientos, se trata de la compasión que solo puede ser experimentada a través de Cristo, aquella que viene cuando hay menos de ti y más de Él. Me asusta la idea de que nuestra generación fije sus ojos en la gloria del ministerio y en aquello que podrá recibir más que en aquello que están dispuestos a dar.

No puedo evitar bajar el rostro frente al ejemplo de Jesús en Marcos 6:30, cuando buscando un lugar donde descansar con sus discípulos, descubre que las multitudes le habían seguido a pesar de la distancia, el hambre y la hora. Familias enteras, enfermos, niños de todas las edades… Tantos que eran incontables, habían venido a verlo porque Él tenía algo que el mundo no podía darles y porque sus palabras eran paz y consuelo. Jesús pudo haberse disculpado para ir a descansar, pero sus ojos sostenían con firmeza la voluntad inquebrantable de su corazón por las multitudes: compasión.

“Y al ver las multitudes tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor”. (Mt. 9:36 / Mr. 6:34)

Y es que, literalmente, compasión quiere decir “sufrir juntos”. Jesús nos está extendiendo una invitación a rendir nuestra vida… Pero a veces el reloj va demasiado rápido, el tráfico se hace pesado, tenemos horarios que cumplir, las filas no terminan y las personas son solo personas. Mientras Él, incansablemente, vuelve otra vez a prepararnos encuentros divinos… En los sitios correctos, a la hora indicada, alterando nuestras agendas con tal de irrumpir agresivamente en el destino eterno de quienes amablemente nos sonríen, mientras cargan el pecado que ningún médico podrá curar… porque Él sabe que tú tienes la palabra correcta para darles.

Necesitamos más que nunca pedirle a Jesús que nos de compasión para que no escaseen las palabras de nuestra boca cuando hay tanto que decir de Él, para que seamos imparables en la extensión de su reino, pero sobre todo, para que seamos como Él.

Escrito por: Raquel Rossany

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