Unidos Por Medio Oriente

Pablo y Silas

Si Dios te enviase a un lugar y anticipadamente te hiciera saber que seguir la visión que Él te está dando te costará la cárcel, pocos continuarían. Sin embargo, miles de cristianos pagan con su libertad el precio de su fe mientras tú lees estas líneas.

Uno de ellos hizo un viaje, hace muchos años, con un compañero. Ambos habían planeado una ruta, pero Dios intervino y cambió todos sus planes, incluso la ciudad a donde se dirigían. Al llegar al lugar que Dios les mostró en una visión,  una familia recibió a Cristo y una joven recibió liberación. Lo que debió ser causa de gozo y regocijo para un pueblo que no conocía el evangelio, encendió en ira a la multitud.

A estos dos hombres de Dios les rompieron la ropa y les golpearon cuanto quisieron, hasta hacerles sangrar y dejándoles espantosas heridas en sus cuerpos debilitados. Y, como si no hubiese sido suficiente, fueron arrojados a la cárcel como malhechores.

Cualquiera diría que Dios no les envío, que eran idealistas intentando cambiar al mundo arriesgándolo todo…  podríamos argumentar y razonar por qué “no era de Dios” que fueran a esa ciudad para ser encerrados en una cárcel y tratados de una forma terrible…

Pero Dios ama la obediencia de sus hijos, y Pablo y Silas lo sabían muy bien, así que mientras el Dios que los había llevado hasta allí actuaba, ellos hicieron lo que mejor sabían hacer: orar y adorar.

Nunca antes la cárcel lúgubre y fría lució como esa noche. Algunos presos no entendían lo que sucedía pero luz había llegado a aquel lugar de tinieblas. Y sí, aún hacía frío y estaba oscuro… pero las canciones de Pablo y Silas parecían abrazarlos a todos y el cielo mismo invadió la prisión. Delincuentes fuertes y despiadados, acusados de delitos innombrables, sollozaban por primera vez,  otros reían de gozo… De algo podían estar seguros, los nuevos presos eran muy diferentes, estaban llenos de vida y el amor que desprendían sacudía la atmósfera.

Y de repente la tierra también comenzó a sacudirse; las cadenas de todos los presos sin excepción, comenzaron a caer de sus manos y pies; las puertas, cada una de ellas, se abrieron de par en par.

El carcelero despertó asustado y se postró a los pies de Pablo y Silas, pidiendo desesperadamente conocer a ese Dios al que estaban alabando. Toda su familia fue bautizada a esa hora de la madrugada. Al amanecer, Pablo y Silas fueron puestos en libertad y continuaron predicando.

La prisión no es el mejor lugar, y menos para alguien cuyo único delito es amar a Jesús como tú y yo lo hacemos. Pero incluso en momentos que nos parecen injustos, dolorosos y de gran prueba, tenemos la decisión de hundirnos o de adorar y alabar al único Digno.

Escrito por: Raquel Rossany

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